16/9/18

Pensamientos: "¿Sinceridad o agresividad?" [16-9-18]

 
¿Sinceridad o agresividad?
¿Sinceridad o agresividad?


Algunas personas dicen que son sinceras, cuando en realidad están siendo agresivas.

Cuando decimos lo que pensamos sin tener en cuenta los sentimientos de los demás, nos podemos convertir en personas imprudentes, y hasta temidas.

No se trata de ser hipócrita, se trata de cuidar nuestras relaciones y, por consiguiente, a las personas.

Busca decir lo que piensas de la mejor manera posible.

Así evitarás imprudencias que muy probablemente te saldrían caras, ya que muchas veces toma años curar las heridas causadas por una sola de éstas.

Puedes ser firme, y al mismo tiempo ser respetuoso.

Pregunta, escucha y piensa antes de opinar. De este modo tendrás más elementos para expresar adecuadamente tus ideas. Es muy importante recordar que lo que uno piensa es tan sólo una opinión entre muchas, y que, precisamente por esto, es indicado no actuar como si uno fuera un exclusivo portavoz de la verdad.

No hay mérito en ser agresivo.

La vida consiste en construir puentes y no en lanzar piedras.
 

20/8/18

"PARA QUE LOS HOMBRES" - Pensamiento [20-8-18]

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PARA QUE LOS HOMBRES

Para que los hombres no tengan vergüenza

de la belleza de las flores,

para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles

o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo

por penetrar el mundo,

con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,

o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,

para que podamos mirar y tocar sin pudor

las flores, sí, todas las flores

y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,

para que las cosas no sean mercancías,

y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:

iremos todos hasta nuestro extremo límite,

nos perderemos en la hora del don con la sonrisa

anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.

Juan Ortiz
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19/8/18

"¡Inténtalo con calma!" - Palabras para El Alma – Pensamientos

"¡Inténtalo con calma!" - Palabras para El Alma – Pensamientos

¡Inténtalo con calma!

Serénate y podrás enfrentar tus dificultades, ahorrar energías y mantener la paz interior.

Si estás confundido por un conflicto, y no puedes ver la salida conveniente, no protestes diciendo que no sabes cómo conseguir la calma porque tu problema es muy grave.

La paciencia se logra pacientemente.

Crea condiciones de eficacia a tu capacidad de pensar, realizando ejercicios de serenidad.

Lograrás éxito en tus empresas si mantienes la posesión de ti mismo y actuas con tranquilidad, con diligencia y creatividad.

Cuando te conviertas en una persona mentalmente organizada tus energías se multiplicarán.

366 Maravillosas Motivaciones
Tiberio López Fernández

17/8/18

Todo lo que recuerdo - Pensamientos [17-8-18]


Todo lo que recuerdo
Todo lo que recuerdo

Cuando mi padre hablaba conmigo, siempre iniciaba la conversación preguntándome: «¿Ya te he dicho hoy cuánto te quiero?». Su expresión de amor encontraba respuesta y, en sus últimos años, cuando su vitalidad empezó a disminuir visiblemente, nuestra intimidad se hizo aún mayor... si tal cosa era posible.

A los ochenta y dos años estaba preparado para morir, y yo estaba dispuesto a dejarlo ir, para que su sufrimiento terminara. Nos reíamos y llorábamos, nos tomábamos de las manos y nos confesábamos el uno al otro nuestro amor, y ambos coincidíamos en que era el momento de partir.

—Papá, quiero que después de haberte ido me envíes una señal de que estás bien —le decía yo, y él se reía ante el absurdo de aquellas palabras; papá no creía en la reencarnación. Tampoco yo estaba seguro de que esa posibilidad existiera, pero había tenido muchas experiencias que me convencieron de que podía esperar alguna señal «desde el otro lado».

Entre mi padre y yo había una relación tan profunda que, en el momento en que murió, yo sentí en mi pecho su ataque cardíaco. Y me dolió profundamente que el hospital, en su estéril sabiduría, no me hubiera permitido sostenerle la mano mientras se iba.

Día tras día rezaba pidiendo saber algo de él, pero nada sucedía. Noche tras noche pedía soñar con él antes de quedarme dormido. Y, sin embargo, pasaron cuatro largos meses sin que yo sintiera nada más que la pena por haberlo perdido. Cinco años antes, mi madre había muerto del mal de Alzheimer y, aunque yo tenía hijas ya mayores, me sentía como un niño perdido.

Un día, mientras estaba tendido en una camilla de masaje, en una habitación oscura y tranquila, esperando mi turno, me invadió una oleada de nostalgia por mi padre. Empecé a preguntarme si habría sido demasiada exigencia pedirle una señal. Advertí que me encontraba en un estado de extremada lucidez. Tuve una experiencia excepcionalmente clara, en la cual hubiera sido capaz de sumar mentalmente largas columnas de cifras.

Quise asegurarme de estar despierto y no dormido, y comprobé que estaba tan lejos como es posible de cualquier cosa que tuviera que ver con el sueño. Cada pensamiento que tenía era como una gota de agua que perturbara un estanque inmóvil, y la paz de cada momento transcurrido me maravillaba.

Entonces pensé: «He estado intentando controlar los mensajes que vienen desde el otro lado, pero ahora dejaré de hacerlo».

De pronto se me apareció el rostro de mi madre; su rostro, tal como había sido antes de que la enfermedad de Alzheimer la despojara de su mente, de su condición humana y de más de veinte kilos. El magnífico cabello plateado enmarcaba su dulce rostro. Era tan real y estaba tan próxima, que tuve la sensación de que si extendía la mano podría tocarla. Tenía el mismo aspecto que doce años atrás, antes de que se iniciara su decadencia. Hasta podía sentir la fragancia de Joy, su perfume favorito. Parecía que estuviera esperando y no hablaba. Me pregunté cómo podía ser que yo estuviera pensando en mi padre y ella apareciera ante mí; me sentí un poco culpable de no haber pedido también su presencia.

—Oh, madre, lamento tanto que hayas tenido que sufrir con aquella terrible enfermedad —expresé.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, como para reconocer lo que yo había dicho sobre su sufrimiento. Después sonrió, con una hermosa sonrisa, y dijo muy claramente:

—Lo único que yo recuerdo es el amor.

Y desapareció.

Empecé a estremecerme, parecía que la habitación se hubiera enfriado súbitamente, y en los huesos supe que el amor que damos y que recibimos es lo único que importa y lo único que se recuerda. El sufrimiento desaparece; el amor perdura.

Sus palabras son lo más importante que jamás he oído y aquel momento ha quedado grabado para siempre en mi corazón.

Todavía no he visto ni he oído a mi padre, pero no me cabe duda de que

cualquier día, cuando menos lo espere, se me aparecerá para preguntarme:

—¿Ya te he dicho hoy cuánto te quiero?


Bobbie Probstein
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