4/5/15

La libreta de Pepita 04-05-2015



La libreta de Pepita
Pepita era una señora mayor que había «hecho el catecismo» hacía muchos años atrás. En ese entonces, había aprendido que Dios la iba a perdonar en la misma medida que ella perdonara. Esta frase le impactó tanto que le hizo mella, y la motivó a lo largo de su vida.

Desde chiquita se había esforzado en perdonar a todo aquel que le
hiciera daño. Y era tal su preocupación, que tenía una pequeña libreta para tomar nota de las ofensas recibidas y de las perdonadas. Como Pepita era muy prolija, había dividido cada hoja en dos columnas. A la izquierda, escribía diariamente sus pecados. A la derecha, la ofensa recibida, y el día y la hora en que ella había perdonado.
Cierta vez, en una mudanza perdió la libreta. Revolvió todos los
canastos, llamó a la empresa de mudanza, le subió la presión, casi enloqueció a toda su familia, e hizo una fiesta cuando la encontró.
Sus hijos y sus nietos, sentían una gran curiosidad por saber qué
escribía Pepita con tanto cuidado y esmero. Ella guardaba la libreta como si fuera un gran tesoro, y no dejaba que nadie la mirara.
A medida que el tiempo transcurría, Pepita se preocupaba más y más.
«¿Cuántos años más me quedarán? ¿Cómo voy a hacer para que las dos
columnas estén equiparadas?» -pensaba- «Dios mío, dame más años de vida para recibir ofensas, y poder perdonarlas», rezaba todos los días. Una mañana, se despertó y se dio cuenta que ya no estaba más en su casa. Estaba en una sala de espera rodeada de gente desconocida.

¡Todo parecía tan real! Pepita se pellizcó para saber si todavía estaba durmiendo.

- ¿Alguien sabe qué lugar es este?, preguntó cuando pudo reponerse un poco del asombro que tenía. Nadie sabía dónde estaban.

- Cada tanto se abre la puerta y desde adentro se escucha una voz que nos va llamando por nuestro nombre. Los que entran no vuelven a salir- explicó un señor.

Pepita le preguntó si sentía miedo. -No, a medida que pasó el tiempo, me fui tranquilizando. Además, la voz que se escucha, transmite mucha paz.

Uno a uno fueron pasando los que habían llegado antes que Pepita. Se abrió la puerta y se escuchó: -Josefa Losada, Pepita. Pepita se levantó, entró a la habitación y vio a un señor vestido con una túnica blanca, que le indicó un cómodo sillón, también blanco, en donde sentarse. Se sintió inundada de una gran paz y en ese preciso instante, tomó conciencia de que estaba a las puertas del cielo.

- Hábleme de su vida, dijo el Señor. Pepita se puso a buscar la libreta en donde tenía todo registrado pero no la encontró. ¡La había dejado en la mesa de luz!

- ¡Me tiene que dar un minuto!, un solo minuto más de vida, nada más que eso le pido -dijo con desesperación.

- ¿Para qué necesita un minuto? -Me olvidé algo. No puedo hablarle de mi vida sin eso.

- Está bien, tiene un minuto para ir a buscar lo que se olvidó, pero recuerde que nadie la podrá ver, ni sentir, así que no intente hablar, porque no va a obtener respuesta.

Al instante, Pepita se encontró en la planta baja de su casa. En el aire se sentía una gran ausencia. Faltaban las flores habituales sobre la mesa, y las ventanas estaban cerradas con las persianas bajas. Comenzó a subir la escalera, y al pasar por la habitación que ocupaban sus nietos cuando se quedaban a dormir, no pudo evitar entrar.

Abrazado a su libreta y dormido, estaba el más pequeño de ellos, que todavía no sabía ni leer ni escribir. Se quedó mirándolo, y se acercó para acariciarle la cabeza. El minuto terminó y se encontró nuevamente en el despacho del señor de blanco.

- ¿Trajo lo que necesitaba? -Lamentablemente, no. Quería traer una libreta en la que fui escribiendo todos mis pecados y todas las veces que perdoné, para que de la misma manera, Dios me perdone a mí, pero mi pequeño nieto se había dormido abrazado a ella como se abrazaba a mí para dormirse, y me dio pena quitársela. Pero, para ser sincera, y por si le sirve de ayuda a la hora de juzgarme, le anticipo que la columna de las veces que perdoné es mucho más chica que la de las veces que ofendí.

El señor de blanco le pidió que lo mirara a los ojos, y que le dijera
qué veía. Después de unos instantes, Pepita dijo: 

-¡Usted es Jesús! ¡Seguro, seguro: usted es Jesús!

- Es cierto, respondió Jesús. Desde hoy vivirás a mi lado, porque hay
algo que te olvidaste al hacer tu lista. La balanza del perdón de Dios no pesa cantidades exactas.

Cada vez que perdonaste, el amor con que lo hiciste inclinaba la
balanza hacia tu lado, y el amor que demostraste por tu nieto, a tal extremo de sacrificar la vida eterna por su felicidad y tranquilidad, hacen que puedas pasar inmediatamente a la casa de mi Padre.
 

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